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martes, 11 de agosto de 2015

Acordate de olvidarte

Tengo la teoría de que la carcaza de la cabeza tiene un espacio limitado, y que cada vez que memorizás una información, otra información ya antigua se cae, se pierde, se muere. ¿Pero escogemos lo que borramos, o eliminamos al azar? Elegir lo que vamos a olvidar es lo que diferencia a los humanos de los primates y de las cajeras del Carrefour.
Por ejemplo conocés a alguien y te dice: "Hola, me llamo Carlos". Como sabés que durante toda la conversación vas a tener que recordar ese nombre para no quedar como un desubicado, lo memorizás: "carlos, carlos, carlos...". A continuación, con el objeto de dejar espacio y que la cadena de caracteres "carlos" te entre cómoda en el cerebro, das de baja otro recuerdo al azar, por ejemplo la marca del segundo auto que tuvo tu papá. Amiocho, Amioch, Amio, Ami, A... ¡Plop!.
Hasta ahí vamos bien. ¿Pero qué pasa cuando querés memorizar una imagen pesada, un culito inolvidable que va por la calle, por ejemplo? Ocurre que tenés que borrar algo también de mayor valor, más o menos de 100k.
Yo, por ejemplo, cuando veo un culo recordable, elimino automáticamente de la cabeza a dos o tres compañeros de la primaria, que los tengo ahí guardados al pedo. ¡Ojo! No sólo hay que olvidarse los apodos, sino de todo: la cara, la voz, el apellido... (Un apellido español pesa 32bytes; un apellido ruso, 4k.)
Si ayer, miércoles 26, tuviste un día movido y hoy te querés acordar del día enterito, lo mejor es que borres algún pasaje tonto de los años ochenta. Recomiendo eliminar algún día de invierno, que casi nunca pasaba nada. Cuidado, no elijas 1982 o 1986 porque había Mundial, y capaz que te olvidás de algún partido importante.
Otro buen consejo es zipear, sobre todo en la época de estudiante. Cuando sos adolescente, empezás a ver a las primeras chicas en pelotas, tenés alucinaciones interesantes con ácido, tus amigos tienen caras graciosas; es decir: casi todo lo que te pasa está bueno. Por eso cuesta tanto estudiarse de memoria los nombres de los ríos de Argentina. En esas épocas te conviene usar la mnemotecnia.zip o directamente el machete.rar (y después del examen eliminar los archivos enseguida; lo podés hacer a mano o con porro. A mano es más selectivo; con porro te olvidás hasta del Paraná).
Lo que no hay que hacer nunca es eliminar al azar, porque la cabeza es muy hija de puta. Yo antes de ser inteligente borraba a ciegas; un día, para acordarme de memoria el teléfono que una chica me dio en una boîte, eliminé por error la cara de mi vieja. Gestos, color de ojos, tintura, ¡todo! Fue un garrón, porque trasca la chica me había dado un teléfono falso.
Otra cosa muy peligrosa es hacerse el Funes y no borrar nada. Mi amigo el Chiri, en una época, se acordaba de todo. Yo le preguntaba, por ejemplo:
—¿Te acordás esa vez que fuimos a ver un Racing-Cruzeiro al club Belgrano?
—Mil nueve ochenta y ocho —me canchereaba—, final de la Supercopa, uno a cero con gol de Catalán, vos tenías una camisa cuadriyé y desde ahí nos fuimos por la 31 a buscarlo a Talín. 23 grados. Al otro día llovió un rato.
Era admirable su capacidad de compresión, pero por contrapartida le salían muchos granos y se quedó miope. El otro día hablé por teléfono con él y me asegura que ya no se acuerda de nada, que anota todo en un papel que tiene pegado a la heladera. Lo bien que hace.
Hablando de Funes. El otro día con mi amigo el William llegamos a la conclusión de que Borges se sabía tantos libros de memoria no porque fuera inteligente sino porque todos sus recuerdos son .txt (dado que el .jpg y el .avi no son compatibles con la gente ciega).
—¡Así cualquiera! —se quejaba el William.
Cuando nació la Nina presencié el parto. Y para guardar esos milagrosos 17 minutos en alta definición, tuve que eliminar un montón de información, alguna muy útil. Elegí olvidarme del año 1979 entero, y como faltaba espacio tiré también el archivo Capitales_de_Asia.mdb, y una carpeta con los nombres reales de todos los actores del Chavo, que me venían bien para las conversaciones posmodernas. Lo siento mucho, pero una hija vale más que eso.
Pero igual tengo cosas que quiero borrar y no puedo. La noche que se murió mi abuelo Salvador, por ejemplo, fue la única vez que lo vi llorar a mi viejo. A esa madrugada la debo haber guardado como archivo de sólo lectura, o con una contraseña encriptada. Porque me pesan mucho esas imágenes en la clínica, son como tres megas, y sin embargo no me las puedo sacar del marote.


Hernán Casciari
Jueves 27 de mayo, 2004.

lunes, 8 de junio de 2015

Galáctica en mí

Es una fracción de segundos. Un instante en donde todo cambia y nada vuelve a ser lo mismo. En donde el mundo te escupe en la cara que un día cualquiera puede ser la última vez. A veces me gustaría tenerla más clara, entender qué misterio se reserva la vida en las pérdidas absurdas. No lo entiendo, jamás voy a comprender el dolor en almas inocentes. No me convence ninguna explicación redentora.
Ese inevitable deseo de retroceder las horas, calmar las lágrimas y volver a sonreír.
Ese mortificante reproche de no haber estado ahí.
La ilusión de creerte capaz de haber evitado una tragedia es tan dolorosa como la certeza de los hechos irreversibles.
Te voy a extrañar, Galáctica.
Paz para tu ser.

sábado, 11 de abril de 2015

Humano

El ser humano es demasiado complejo 
como para ponerle una sola etiqueta.
Tiene todos los matices
para salvar al mundo 
y destruirlo al mismo tiempo.

jueves, 5 de febrero de 2015

Fábula del pelotudo...

Se cuenta que en una ciudad del interior, un grupo de personas se divertían con el pelotudo del pueblo. Un pobre infeliz de poca inteligencia, que vivía haciendo pequeños mandados y recibiendo limosnas. Diariamente, algunos hombres llamaban al pelotudo al bar donde se reunían y le ofrecían escoger entre dos monedas: una de tamaño grande de 50 centavos y otra de menor tamaño, pero de 1 peso. Él siempre agarraba la más grande y menos valiosa, lo que era motivo de risas para todos. 
Un día, alguien que observaba al grupo divertirse con el inocente hombre, lo llamó aparte y le preguntó si todavía no había percibido que la moneda de mayor tamaño valía menos y éste le respondió:
- Lo sé, no soy tan pelotudo..., vale la mitad, pero el día que escoja la otra, el jueguito se acaba y no voy a ganar más mi moneda.
Esta historia podría concluir aquí, como un simple chiste, pero se pueden sacar varias conclusiones:
La primera: Quien parece pelotudo, no siempre lo es.
La segunda: ¿Cuáles eran los verdaderos pelotudos de la historia?
La tercera: Una ambición desmedida puede acabar cortando tu fuente de ingresos
La cuarta: (pero la conclusión más interesante)
Podemos estar bien, aun cuando los otros no tengan una buena opinión sobre nosotros. Por lo tanto, lo que importa no es lo que piensan los demás de nosotros, sino lo que uno piensa de sí mismo.

MORALEJA:
"El verdadero hombre inteligente es el que aparenta ser pelotudo delante de un pelotudo que aparenta ser inteligente".

El mísmisimo canalla Negro Fontanarrosa.

domingo, 28 de diciembre de 2014

Metamorfosis

Si dejamos que se caiga la luz
quizá se caigan otras cosas
Y eso es lo necesario: que aparezca otro mundo.
Pero no más allá o después. O en otra nada.
Que aparezca otra luz.
O atreverse a crearla.

Hay que inventar respiraciones nuevas
Y para eso hay que inventar un nuevo aire,
unos pulmones más fervientes
y un pensamiento que pueda respirarse.
Y si aún faltara algo,
habría que inventar también
otra forma más concreta del hombre.

Vomitar el mundo,
y quedarse sin mundo,
con la nada en la mano.
Y empezar la ardiente antihistoria
de crear antimundos.

Hay que vivir lo que no tenemos
la sonrisa resistente de los muertos
el mediodía de las medianoches.
Desheredados del centro,
la única herencia que nos queda
está en lo descentrado.


lunes, 26 de mayo de 2014

Dejaste tanto en mí, Nona

Sos el paisaje más soñado

y sacudiste las más sólidas tristezas
y respondiste cada vez que te he llamado ♪♬


miércoles, 7 de mayo de 2014

Milo, vuela alto mi ángel

¿A dónde van a parar esas almas que antes de partir te miran a los ojos como si no se quisiesen ir?
Me duele la vida en los pliegues de mi cuerpo.
Como si de mí se desangraran esos instantes donde fuimos felices alguna vez.
Como si descendieran suaves, dolorosos, por mis texturas.
¿Es posible exorcizar la resaca del dolor en nuestros huesos?
¿A dónde te abrazaré otra vez?
¿A dónde estarás en este momento con tu brillo hipnótico e incandescente, mi leoncito?
Emito un deseo ardiente en el aire para que, de tan intenso, llegue a envolverte en tu más hermoso estadío. Y, al respirar, encuentres esa paz que te mereces, mi amor.


Desde ahora, 
esos ojitos son míos. 
Ven a través de mí. 
Cobijan la ausencia 
de esa parte mía 
que te llevaste con vos
para siempre.